""Decía que una de las acepciones es que podemos pensar que nacemos inocentes, y ojalá nos mantuviéramos así en toda la trayectoria de nuestras vidas; esa ausencia de malicia nos haría tomar siempre decisiones justas, para nosotros mismos y para todos aquéllos que nos rodean o se cruzan en nuestros caminos, decisiones coherentes con nuestra vida y con la ajena, decisiones intachables que ninguna malicia o hipocresía -porque estaría ausente- podría emponzoñar o revocar.
Y si nos acogemos a la acepción de la no culpabilidad porque se están juzgando nuestros actos, nuestras formas de pensar o nuestras expresiones -salvo en casos “sangrantes” que actúen contra natura-, siempre podremos acuñar el conocido refrán: “para gustos hay colores” y, si estamos en disposición de aportar coherencia y carencia de hipocresía o mala intención que avale o acredite el comportamiento expuesto, podremos sentirnos orgullosos de nosotros mismos o, en su defecto, pedir disculpas a quien corresponda (que no deja de ser una actividad sanísima que engrandece el espíritu y fortalece nuestra autoconfianza) y tratar de enmendarse para no volver a caer en el mismo error.
Pero la inocencia también implica presuponer la inocencia del contrario (porque aludiendo a otro conocido refrán: “cree el ladrón que todos son de su condición”, algunos amargados o terriblemente recelosos intentan amenudo adjetivar tu persona con falsas afirmaciones que les hacen sentirse algo menos mezquinos ) y se siente uno tan tremendamente satisfecho cuando siempre trata de buscar los aspectos positivos de la vida y de las cosas, las buenas intenciones del prójimo -aunque a veces no todos seamos capaces de comprenderlas- y tan feliz al pensar que a la vida siempre hay que ponerle una sonrisa, que al final del día, con semejante actitud, se congratula uno con absoluta afirmación por haberlo vivido y con ganas de volver a levantarse para disfrutar del tiempo que nos espera bajo cada rayo de sol.
¿Y tú? ¿Te sientes feliz al final del día? ""



